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sábado, 23 de septiembre de 2017

PINTURA Y CALIGRAFÍA ZEN



El Zen también se trasmite a través del cultivo de las artes. La pintura, la caligrafía, la poesía, la música, la danza, el tiro con arco, la esgrima, los arreglos florales o la ceremonia del té constituyen disciplinas de apoyo a la meditación, con las que el alumno ejercita su cuerpo, su psiqué y su espíritu; son, por tanto, actividades ligadas a la propia realización interior del que las practica, dado que estas artes derivan o tienen su origen en la esencia misma del Zen. "La realización original es una práctica maravillosa", afirma un dicho Zen, mediante la cual se experimenta una evolución hacia el punto de vista universal.

La pintura Zen es una síntesis entre la caligrafía, la música y la poesía. En ella se contrapone por un lado la delicadeza de los trazos y la fragilidad de los materiales (papel de arroz, seda, tinta), y por otro, la firmeza y el buen pulso que debe poseer (o desarrollar) el que lo ejecuta. 
Es la impronta, como el fulgor del rayo, lo que debe reflejar el trazo. Esta técnica le da a la pintura la apariencia de obra inacabada, o mejor dicho, no retocada, pues no es el perfeccionismo de la obra lo que la convierte en imagen de la Belleza de las cosas: su verdad, siendo ese trazo inacabado el símbolo con que se sugiere la idea de infinito. Por analogía, siempre seremos más ese trazo que surge espontáneo y natural que cualquier imagen acuñada que tengamos de nosotros, como ser
fulanito de tal, residente en tal lugar, con ideas políticas éstas o aquellas, empresario triunfador o fracasado social. Todo eso son imágenes que no manifiestan nuestra naturaleza, sino una serie de anécdotas que nos hacen aparecer como el producto de un tiempo y unas circunstancias determinadas, pero que en definitiva no son más que contingencias de nuestro ser, es decir, un equívoco que condiciona nuestra verdadera naturaleza búdica.

Cuando se llega a aprehender el sentido de la pintura Zen, el trazo es decidido y sin titubeos, reflejándose en él la tranquilidad de quien está acometiendo una acción guiada por un instinto superior al del simple virtuosismo, pues se trata de sentirse partícipe de un gesto primigenio que se perpetúa en la intención del trazo. Es decir: unidos a la idea que lo contiene, que es anterior a la manifestación de ese gesto.

Ese trazo inacabado o abierto, es un indicativo de las múltiples posibilidades de desarrollo contenidas potencialmente en un único gesto, como símbolo del Trazo Primigenio y por consiguiente un símbolo de la verdad incognoscible, Principio que está más allá de la propia creación. Ese trazo abierto es una sugerencia sutil, pero nítida, que nos pone en condiciones anímicas e intelectuales de advertir que más allá de todas nuestras percepciones, el misterio se abre ante nosotros como una clara realidad. "La mayor perfección -dice Lao Tse- debe parecer imperfecta, entonces será infinita en su efecto; la mayor abundancia debe parecer vacía, entonces será inagotable en su efecto".

A través de la pintura y la caligrafía, se descubre el Zen. El practicante debe integrarse completamente en la obra, como si ésta constituyera una fase de su propia respiración. En el flujo que une la idea o inspiración artística con la propia obra, se halla el hombre como intermediario creador o intérprete, lo cual da a cualquier creación el sentido verdadero de arte. 

En el arte, tomado como vehículo de Conocimiento del Ser, o del Zen, no tiene cabida el artificio estético, ni ninguna otra clase de falseamiento de la obra ya que ésta es, ante todo, el resultado de la comprensión de las enseñanzas adquiridas por el artista y por consiguiente nunca un objeto separado de él, pues ambos (objeto y sujeto, u obra y artista) forman parte de la misma revelación. Esa es la experiencia vital Zen que no necesita, ni seguramente le convienen, mayores explicaciones.

La Cosmogonía es la obra artística por excelencia, su pálpito, que es la vida, está en todo lo que existe y no tiene fin. Toda esa maquinaria celeste y terrestre está al descubierto y al mismo tiempo hoy nos está velado reconocerla. Se dice que antes de estudiar el punto de vista Zen uno ve las montañas como montañas y las aguas como aguas. Una vez se ha alcanzado mayor conocimiento, se comprueba que ni las montañas son montañas ni las aguas, aguas. Y cuando se llega a la substancia y se siente la sorpresa que es la vida, entonces vuelve a ver las montañas como montañas y las aguas como aguas.

La pintura Zen, efímera y simplista (a veces se pinta también sobre hojas de árbol) es al mismo tiempo muy enérgica en los trazos, lo que le da vida y movimiento, consiguiendo reflejar con la misma intensidad tanto el movimiento (yang) como la más reposada quietud (yin), dado que lo que verdaderamente capta el artista Zen no son las formas, sino la vida que fluye en ellas. Estas dos energías, implícitas en todo, se hallan representadas de manera análoga en la simbología de otras tradiciones, lo que indica que en otro tiempo esto era completamente evidente para todos los hombres. Paradójicamente, hoy, no habiendo cambiado nada de esa realidad, los hombres no somos capaces de advertirlo y son necesarios métodos y disciplinas que nos ayuden a recuperar de nuevo esa perspectiva del mundo. Se dice que "la iluminación (la Verdad) existe, y si nada le sugerimos quizá se nos revele como muy diferente". 

En una de sus pinturas, en la que se ve un mono colgado de la rama de un árbol que cae sobre un estanque donde se ve reflejada la luna, el maestro Hakuin, escribió los siguientes versos:

"El mono trata de alcanzar la luna reflejada en el agua.
No se dará por vencido hasta que la muerte le derrote.
Si fuera capaz de soltar la rama y hundirse en el estanque,
El mundo entero brillaría con claridad deslumbrante".


También se pintan historias donde se captan situaciones vividas por antiguos maestros y que constituyen enseñanzas expresadas en forma de leyenda en imágenes, y algunas suelen ir acompañadas de poemas. En una de estas pinturas se ve a un monje calentándose en una fogata alimentada con la madera de una estatua de Buda. Sobre esta pintura se cuenta la siguiente leyenda: "Tan Hsia, un monje vagabundo, llegó a un templo abandonado una noche muy fría de invierno. Soplaba el viento y caía la nieve, Tan Hsia decidió que el mejor servicio que podría prestar a Buda era darle calor, y quemó un Buda de madera que había en el Templo para calentarse". (Segunda parte: IKEBANA . Mª Ángeles Díaz)
Pimera Publicación en la revista Symbolos 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Pintura y Caligrafía en el Zen



El Zen también se trasmite a través del cultivo de las artes. La pintura, la caligrafía, la poesía, la música, la danza, el tiro con arco, la esgrima, los arreglos florales o la ceremonia del té constituyen disciplinas de apoyo a la meditación, con las que el alumno ejercita su cuerpo, su psiqué y su espíritu; son, por tanto, actividades ligadas a la propia realización interior del que las practica, dado que estas artes derivan o tienen su origen en la esencia misma del Zen. "La realización original es una práctica maravillosa", afirma un dicho Zen, mediante la cual se experimenta una evolución hacia el punto de vista universal. 

La pintura Zen es una síntesis entre la caligrafía, la música y la poesía. En ella se contrapone por un lado la delicadeza de los trazos y la fragilidad de los materiales (papel de arroz, seda, tinta), y por otro, la firmeza y el buen pulso que debe poseer (o desarrollar) el que lo ejecuta. Es la impronta, como el fulgor del rayo, lo que debe reflejar el trazo. 

Esta técnica le da a la pintura la apariencia de obra inacabada, o mejor dicho, no retocada, pues no es el perfeccionismo de la obra lo que la convierte en imagen de la Belleza de las cosas: su verdad, siendo ese trazo inacabado el símbolo con que se sugiere la idea de infinito. Por analogía, siempre seremos más ese trazo que surge espontáneo y natural que cualquier imagen acuñada que tengamos de nosotros, como ser fulanito de tal, residente en tal lugar, con ideas políticas éstas o aquellas, empresario triunfador o fracasado social. 


Todo eso son imágenes que no manifiestan nuestra naturaleza, sino una serie de anécdotas que nos hacen aparecer como el producto de un tiempo y unas circunstancias determinadas, pero que en definitiva no son más que contingencias de nuestro ser, es decir, un equívoco que condiciona nuestra verdadera naturaleza búdica.Cuando se llega a aprehender el sentido de la pintura Zen, el trazo es decidido y sin titubeos, reflejándose en él la tranquilidad de quien está acometiendo una acción guiada por un instinto superior al del simple virtuosismo, pues se trata de sentirse partícipe de un gesto primigenio que se perpetúa en la intención del trazo. Es decir: unidos a la idea que lo contiene, que es anterior a la manifestación de ese gesto.


Ese trazo inacabado o abierto, es un indicativo de las múltiples posibilidades de desarrollo contenidas potencialmente en un único gesto, como símbolo del Trazo Primigenio y por consiguiente un símbolo de la verdad incognoscible, Principio que está más allá de la propia creación. Ese trazo abierto es una sugerencia sutil, pero nítida, que nos pone en condiciones anímicas e intelectuales de advertir que más allá de todas nuestras percepciones, el misterio se abre ante nosotros como una clara realidad. "La mayor perfección -dice Lao Tse- debe parecer imperfecta, entonces será infinita en su efecto; la mayor abundancia debe parecer vacía, entonces será inagotable en su efecto". A través de la pintura y la caligrafía, se descubre el Zen. 

El practicante debe integrarse completamente en la obra, como si ésta constituyera una fase de su propia respiración. En el flujo que une la idea o inspiración artística con la propia obra, se halla el hombre como intermediario creador o intérprete, lo cual da a cualquier creación el sentido verdadero de arte. En el arte, tomado como vehículo de Conocimiento del Ser, o del Zen, no tiene cabida el artificio estético, ni ninguna otra clase de falseamiento de la obra ya que ésta es, ante todo, el resultado de la comprensión de las enseñanzas adquiridas por el artista y por consiguiente nunca un objeto separado de él, pues ambos (objeto y sujeto, u obra y artista) forman parte de la misma revelación. Esa es la experiencia vital Zen que no necesita, ni seguramente le convienen, mayores explicaciones

La Cosmogonía es la obra artística por excelencia, su pálpito, que es la vida, está en todo lo que existe y no tiene fin. Toda esa maquinaria celeste y terrestre está al descubierto y al mismo tiempo hoy nos está velado reconocerla. Se dice que antes de estudiar el punto de vista Zen uno ve las montañas como montañas y las aguas como aguas. Una vez se ha alcanzado mayor conocimiento, se comprueba que ni las montañas son montañas ni las aguas, aguas. Y cuando se llega a la substancia y se siente la sorpresa que es la vida, entonces vuelve a ver las montañas como montañas y las aguas como aguas.

La pintura Zen, efímera y simplista (a veces se pinta también sobre hojas de árbol) es al mismo tiempo muy enérgica en los trazos, lo que le da vida y movimiento, consiguiendo reflejar con la misma intensidad tanto el movimiento (yang) como la más reposada quietud (yin), dado que lo que verdaderamente capta el artista Zen no son las formas, sino la vida que fluye en ellas. Estas dos energías, implícitas en todo, se hallan representadas de manera análoga en la simbología de otras tradiciones, lo que indica que en otro tiempo esto era completamente evidente para todos los hombres. Paradójicamente, hoy, no habiendo cambiado nada de esa realidad, los hombres no somos capaces de advertirlo y son necesarios métodos y disciplinas que nos ayuden a recuperar de nuevo esa perspectiva del mundo.14 Se dice que "la iluminación (la Verdad) existe, y si nada le sugerimos quizá se nos revele como muy diferente". 



En una de sus pinturas, en la que se ve un mono colgado de la rama de un árbol que cae sobre un estanque donde se ve reflejada la luna, el maestro Hakuin, escribió los siguientes versos:"El mono trata de alcanzar la luna reflejada en el agua.No se dará por vencido hasta que la muerte le derrote.Si fuera capaz de soltar la rama y hundirse en el estanque,El mundo entero brillaría con claridad deslumbrante".También se pintan historias donde se captan situaciones vividas por antiguos maestros y que constituyen enseñanzas expresadas en forma de leyenda en imágenes, y algunas suelen ir acompañadas de poemas. En una de estas pinturas se ve a un monje calentándose en una fogata alimentada con la madera de una estatua de Buda. Sobre esta pintura se cuenta la siguiente leyenda: "Tan Hsia, un monje vagabundo, llegó a un templo abandonado una noche muy fría de invierno. Soplaba el viento y caía la nieve, Tan Hsia decidió que el mejor servicio que podría prestar a Buda era darle calor, y quemó un Buda de madera que había en el Templo para calentarse".


La pintura Zen muchas veces representa a los maestros en actitudes poco dignas, como limpiándose las orejas, harapientos y burlones, lo que indica, una vez más, que al camino del Zen le sobran las reverencias y el ceremonialismo. A través del arte el Zen promueve iniciar al alumno a captar el hálito del mundo. Cualquier cosa, y todas las cosas, lo manifiestan. Bastaría con que fuéramos capaces de contemplarlas con serenidad inteligente y veríamos que todas están completamente armonizadas. Se trata de reeducar nuestra visión del mundo, de modo que podamos darnos cuenta de esa realidad mágica, pues permanece oculta ante las miradas de todos. 

El buen observador, cuando contempla las cosas con los ojos de la inteligencia, no sólo mira o ve, también oye y escucha, huele y saborea, y todo eso a la vez que respira y siente. ¿Y acaso ese observador podría ser otra cosa fuera de todas esas percepciones? ¿Dónde situaría uno, cuerdamente, el límite de su individualidad? ¿No es acaso el que contempla el continente y contenido? ¿Y no es acaso la unidad de formas y sensaciones lo que percibimos y nos envuelve? Es por eso que sentirse fuera de esa cosmovisión convierte al ser humano en "desterrado" de su propia realidad trascendente. Mª Ángeles Díaz "Notas sobre el Zen" 


martes, 26 de julio de 2016

IKEBANA O ARTE DEL ARREGLO FLORAL (Notas sobre el Zen)


El arreglo floral, Ikebana (que se traduce como "el arte de conservar vivas las plantas en recipientes con agua") es un ejercicio de meditación que se efectúa a través de armonizar las flores según la naturaleza que ellas poseen. Se caracteriza por el total respeto a la forma natural y la belleza de las flores, las cuales una vez abiertas son el símbolo del desarrollo de toda la manifestación pues, como se dice en el Programa Agartha "nada hay que exprese mejor el despliegue de la vida universal que una planta en su pleno desarrollo".

Ikebana es una disciplina cosmogónica que sitúa a quien la practica de intermediario entre el Cielo y la Tierra, en cuanto creador del ramo, y en condiciones de poder desvelar los secretos de la estructura universal al participar, como mediador, en una obra que excede su individualidad, por cuanto está claro que su composición artística es una colaboración a una obra de arte que en sí misma, nadie podría superar en majestad y belleza. 

El arte Ikebana en tanto que actividad ritual proporciona los elementos adecuados para conjugar un sinfín de relaciones simbólicas que finalmente se concretizan o resuelven en el ramo. Este ejercicio artístico es un vehículo sagrado, es decir un intermediario (como lo es el Tarot, o el I Ching, por ejemplo) a través del cual el artista establece una serie de analogías y correspondencias simbólicas que le permiten descubrir el juego de relaciones que conforman la estructura de las cosas concretas y sutiles.

Las imágenes simbólicas que sugiere esta práctica, pueden llegar a ser innumerables. Basta con intentar penetrar en la esencia de cada flor. Esta, siendo parte del ramo, es también el árbol entero y por supuesto la semilla que lo contenía, así como la tierra que la arropó, el viento que la modeló, el sol que la vivificó, la luna que le dio su energía, la lluvia que la alimentó... Cualquier flor es fruto de la interrelación de la vida, del Ser. El Universo entero está contenido en cada flor. Esa es la realidad mágica de las cosas, pues permanece "invisible" y eternamente expresándose.



Entre las múltiples posibilidades de forma que pueden existir en la composición de un ramo, el arte Ikebana realiza sólo una, pero que al mismo tiempo las contiene a todas, ya que la composición floral imita un modelo arquetípico, idéntico al que muestran otras tradiciones, y observable en las leyes naturales, y por lo tanto también en el interior de cada hombre. "El Cielo es su padre, la Tierra su madre" dice la Tabla de Esmeralda hermética. En el Ikebana todo arreglo floral, tiene tres niveles de altura. Una rama más alta simbolizando el cielo, una baja, símbolo de la tierra y una intermedia que simboliza al hombre, único ser de la tierra capaz de conjugar ambas energías, y es por tanto la síntesis (el hijo) entre estos dos principios que se complementan en él mismo. Reproducir manualmente esta tríada, a través de cualquier modalidad de arte o artesanía es verdaderamente un rito de participación, por comprensión, en el gran Rito, origen de la creación. 


El Zen está en el ramo, como está en el árbol, en sus ramas o en sus hojas, pero si el árbol no existiera, el Zen seguiría existiendo. De esta comprensión nace el arte de "reunir lo disperso", cosa que en el Ikebana se hace dentro de los límites simbólicos que establece el propio ornamento floral, al que aquí toma como modelo.

Consiste en interpretar los signos que a cada cual van proporcionando las plantas, tales como su inclinación espacial, su tamaño, su color, su textura, su perfume, todas son señales simbólicas que le transmiten al artista unas sensaciones determinadas, es decir, que influyen (fluyen) en su propia naturaleza y por eso mismo se coloca en condiciones de verse tal cual, formando parte de esa misma unidad simbolizada por la composición floral que es como decir que advierte su integración total en la Gran Obra de la creación, donde todas las ramas están incluidas y ocupan el lugar y sitio que les corresponde, su espacio propio. "A ninguna de las ramas que uno encuentra se la rechaza por fea. Siempre se la puede incluir. Es cuestión de aprender a ver qué lugar ocupan en la situación: ese es el punto clave. Por eso, jamás rechazamos nada; esa es la forma de establecer una conexión con los dralas (la magia) de la realidad". (Notas Sobre el Zen. Mª Ángeles Díaz)